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Los olores, los sabores, los colores y los sonidos están impresos en nuestras mentes, en lo más profundo de nuestros recuerdos, allí, discretamente ocultos en las prioridades de nuestra cotidianidad. Es ahí donde los elementos que enmarcan cualquiera de nuestros desprevenidos días, nos sorprenden o nos llevan a evocar nuestras propias vivencias construidas y compartidas en familia o con esa familia que por extensión son los amigos de siempre.

Basta con recordar por ejemplo la tradicional y repetida imagen fotográfica que reposa en los añejos y enmohecidos álbumes de nuestras casas, para encontrar a los abuelos, a nuestros padres o a nosotros mismos congelados en el tiempo, caminando por el centro de Palmira, calle 30 justo al lado del banco del estado, con el fondo de almacenes Tía o de papelería y librería La Marden, o la recurrente y tradicional foto en el caballito del parque Bolívar, cuando los fotógrafos tenían un negocio del cual vivir. Las tertulias de la tienda de la esquina con el fondo de un tango arrabalero o un bolero de Lucho Gatica, disfrutando de un clima más apropiado que permitía a los hombres vestir de traje entero a diario, a las mujeres vestir como para una fiesta, solo para ir a la consulta médica o para realizar algún trámite. Era cuando los niños andábamos en pantalones cortos y la pinta dominguera se cuidaba.

La vida era sencilla, sin afanes, como siempre la política un tema sensible, la radio era la reina y así como transmitía la actualidad también creaba otras realidades y mundos fantásticos que aceleraban la imaginación, especialmente de los niños y adolescentes, al lado de sus mayores, en familia. Las revistas de personajes de aventuras se podían leer en alquiler en improvisadas salas de los zaguanes, el paso de la máquina de bomberos marcaba el acontecimiento del día, el hospital significaba caridad, las clínicas clase y el seguro social representaba a los trabajadores.


Los mediados del siglo XX y desde un poco antes proyectaban a Palmira como una ciudad que aún hoy, su componente urbano ocupa una mínima parte de sus 1162 Km2. Había incontables mangones, muchos improvisados como canchas de futbol y los límites urbanos muy cercanos a la plaza de Bolívar. La facultad de Agronomía era lejos, Zamorano un corregimiento, después del buldozer del batallón Codazzi solo había cultivos, el estadio Francisco Rivera Escobar estaba en medio de cultivos de millo, algodón y frijol entre otros, y sus únicos vecinos eran la estación del ferrocarril y el Idema. Los taxis y los coches se concentraban en el epicentro de la ciudad, la plaza de Bolívar. Movilizarse en taxi daba cierto estatus.

Las modistas compraban sus telas en el Palacio de las Sedas, los ciclistas iban a El balín, había restaurantes 24 horas, quienes salían de rumba siempre encontraban un buen consomé para amanecer bien. Los cafés superaban la docena, el lugar de encuentro para quienes hacían negocios o simplemente buscaban charla o compañía y el pan debía ser de La Royal o de Tamanaco. La vía a Cali era solo una estrecha calzada de doble sentido y después de los padres de familia la autoridad era de los profesores de las concentraciones escolares. A la par de todo esto Palmira tenía un crecimiento lento y las familias crecían y crecían en las viejas casonas. 

Aunque la planeación no ha sido el fuerte de la ciudad, el sentido común de quienes adquirían un lote para vivienda, marcó el trazado y continuidad de las calles que hoy conocemos. El urbanismo fue impulsado por personas que buscaban darles un techo digno a sus familias, y en esta tarea unían sus esfuerzos para apoyarse unos a otros haciendo mingas de trabajo con ollas comunitarias, que levantaron paredes y techos. Estas épocas estuvieron marcadas por la llegada de nariñenses, caucanos y antioqueños entre otros. Cada que se iniciaba la construcción aislada de lo que hoy es un barrio, estuvo lleno de luchas, frustraciones y hasta la impotencia por la dificultad que significaba acceder a los servicios básicos de agua, energía y alcantarillado, en esos años esto era suficiente. Para superar las dificultades, se conformaban juntas de vecinos, mucho antes de las juntas de acción comunal. La administración pública poco resolvía y eso es evidente en detalles como la legalización de barrios y la pavimentación de calles de grandes sectores, ya aun finalizando el siglo XX.

El libro que hoy tenemos en nuestras manos parte de la disciplina de escribir y registrar muchas cosas de su vida cotidiana por parte del autor Antonio Guerrero Plaza. Antonio se dedicó en la primera década de este siglo a recopilar la historia de la mayoría de los barrios palmiranos. Como buen abogado y periodista, mirando cientos de títulos y tomando nota de cada detalle contado por los protagonistas de estas historias de ciudad que ya al final del día se daban una pausa para reunirse con él, y convocar a los vecinos para refrescar la memoria y tejer los recuerdos de los orígenes de lo que hoy son los barrios más representativos de la ciudad. 

Este trabajo que inició como una publicación semanal en una revista de circulación local, hoy está disponible como un fiel recurso de consulta de valor histórico, que solo es posible construir cuando se reconoce el valor del trabajo y el esfuerzo de quienes han dejado para nosotros un territorio que nos hace sentir parte de algo. Ese sentir que quizás hoy se va desvaneciendo porque el concepto de vecindad es otro. La ciudad crece de golpe con grandes concentraciones de habitantes en las nuevas urbanizaciones, pero sin lazos humanos, sin sentido de pertenencia por personas que van y vienen, ya que en buen porcentaje son inquilinos, ya no nos conocemos. Tal vez sea la nostalgia de recordar a las mamás llegando con el mercado en una victoria, la salida dominical a matiné o a la caminata por el centro. Todo cambia, es la dinámica de cada tiempo, pero somos afortunados de contar con estos y muchos más recuerdos. En especial hay que destacar la dedicación de Antonio Guerrero a investigar, recopilar y establecer la línea de tiempo de la historia de los barrios de La Villa de Las Palmas, a través de textos que contarán mucho más de lo que allí está escrito.

Juan José Vivas Torijano
Asociación Colombiana de Locutores
ACL

 

contacto del autor:

Antonio Guerrero Plaza
Cel.: +57 3147769089
Correo electrónico:

elguerrerodelaplaza@hotmail.com
 

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