LOS MENESTERES DEL POETA
- anclaediciones
- 30 mar
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Hace aproximadamente 28 años, una persona de la cual, la memoria ya no me trae recuerdo alguno (solo su nombre quedó plasmado en el reverso de una fotocopia acompañado de una corta, pero emotiva dedicatoria) tuvo la magnífica idea de obsequiarme la copia de un artículo que, al parecer, fue publicado en la gaceta dominical del diario El País.
No sé si ella alcanzó a dimensionar en esa época, lo importante que fue aquel artículo para mí, en mis años mozos cuando ya se sentía revoloteado en el corazón, el cúmulo de palabras, el cataclismo de puertas y ventanas que iba a ser para mí la poesía.
Un texto que me acompañó en las pequeñas vigilias que solía permitirme a oscuras en mi cuarto, en días de fuego o bruma, una hoja de papel que se perdió sutilmente entre libros olvidados, otros recortes de periódicos y una que otra metáfora en floración tardía y que cada tanto reaparecía en mi mente como si fuera invocada por fuerzas intangibles, no el texto completo, ni siquiera un verso en particular, más bien regresaba a mí la quemadura que sus imágenes ocasionaron en mi cordura, la sensación que produjo a mis jóvenes brotes de palabras, de esas cosas que uno no sabe cómo se dicen, pero recuerdas cómo cada una de sus silabas te hicieron vibrar.
Lo que más llegaba a mi memoria, de vez en cuando, era el título "los menesteres del poeta" y era por sí solo, ese título, una invitación a construirme y a destruirme constantemente en busca del ser poesía que había en mí.
Es importante saber que, con todas las herramientas que estuvieron a mi alcance, busqué por años el origen exacto de su publicación y su respectivo creador, siendo esta una tarea que aún no he logrado llevar a buen término, solo me queda la fotografía en blanco y negro irreconocible al comienzo del texto y la inicial "G" al finalizar el artículo para intentar darle crédito al autor.
Y esa búsqueda frustrada, esa impotencia de no encontrar siquiera algunos de sus versos o párrafos publicados en ningún lado, es la motivación principal para compartirla con ustedes el día de hoy. Sé que tal vez, algunas ideas del texto no colinden con los imaginarios de algunos poetas, pero con el solo hecho que alguien, en cualquier dimensión del mundo, empiece a imaginar sus propios menesteres, ya con eso sería feliz, y si por casualidad del destino alguno de ustedes me ayudase a encontrar el autor de este texto, justificaría enormemente algunas noches de desvelo.
Ancizar Arana Cruz
He aquí el texto:
LOS MENESTERES DEL POETA
Un poeta hace versos. Sólo que cuando escribe, transcribe lo que ha sido escrito en su corazón. Llega a las palabras después de haber residido largamente en su emoción. Estos objetos irán llegando por la imaginación.
Y así, lo que se llama inspiración, bien puede recibir el nombre de imaginación. Este es el viento en sus velas.
El poeta fabrica artefactos de palabras que son como partículas de una sustancia milenaria y sagrada. Al hacerlo se fabrica a sí mismo de la nada, se hace algo al ser nadie, pues es la indeterminación lo que define su persona y carácter.
Un poeta es nadie: es sólo sus poemas, sus voces, sus visiones, y esos poemas son sólo sus palabras, y esas palabras son sólo su espíritu. Entonces, a más de nadie es nada.
Un poeta dice el nombre del sueño, y con él ilumina los seres, les indica el camino y conserva sus huellas. Otra de las cosas que hace un poeta es estar solo, equivocarse y elevar oblaciones. Un poeta se ofrece en expiación. Siendo el único inocente, lleva sobre sus hombros la culpa de la historia.
El poeta escribe su poema. Lo lee, lo muestra a los otros. Los otros lo hacen suyo; alguien ha dicho que es lo que ellos dirían, porque alguien ha hablado de sus cosas ocultas, alumbrado un sitio en la estancia cerrada del espíritu.
El poeta escribe su poema y se entrega con él. El poeta hace versos para que los demás vivan con ellos, para ayudarlos a vivir y también a morir.
Otro de los menesteres del poeta es servir de lazo de comunicación entre los ángeles y los seres humanos, entre la elevación y la caída, lo celeste y la miseria. Entonces los seres humanos necesitan del poeta para estar y trascender. Pero lo que hace a un poeta no es la sensibilidad sino la expresión, la capacidad o el don de crear.
El poeta contempla las cosas, los objetos, el lugar de los objetos y su disposición, sus líneas, sus colores, el trajín de los oficios diarios, la enredadera del dolor, las miradas, y sigue el crecimiento de las hojas. El poeta mira y oye con un profundo sentido de compasión y de nostalgia. El poeta vigila cómo el tiempo se escapa antes de ir a su verso: entonces cuenta, invoca y convoca a lo angélico.
Y sin saberlo, ora, como no sabe que ha sido llamado. El poeta obedece, y les ofrece a los seres humanos la piedad, les entrega el amor. Es el poeta quien secretamente va de la mano de todos.
Si la forma más alta de la oración es el silencio, un poeta ora antes y después de escribir su poema. También cuando lo escribe está en contacto con lo silencioso, que con la música y la línea da figura a su verso. El poema reproduce la armonía de las esferas y el fuego interior.
El poeta vive con los otros, habla por los otros y muere de los otros. Sin hacer parte de los oficios del mundo, su espíritu define el espíritu del mundo y lo devela. Con sus palabras hace un pentagrama terrenal que viene de una melodía celeste.
El poeta tiene dentro de sí la sensación de un ritmo, que a su vez puede definirse como un estado de alma. Y ese estado es su relación cifrada con el mundo, los seres y las cosas. La relación consigo está determinada por la imagen que tenga de sí, a través del cristal de la leyenda.
El del poeta sí es el oficio más antiguo del mundo.
El poeta, con el poema, viene a ser realidad por su comunicación con las voces antiguas, y lo que hace es ponerse en contacto con ellas, tener el tacto de su cuerpo, la intensidad de su palpitación. Por esto, unos poetas tienen unas palabras y otros otras; el estilo lo da su sentido y su invención del verso y del secreto del poema.
Es el poema en donde están su historia y su duelo, pero también nuestro sueño de ser. Oye los ecos ancestrales de los vocablos, pero también por ellos, como quien pone un caracol en su oreja, se oye a sí mismo en cuanto alma universal. Así, lo único y último que sabe hacer y hace un poeta (luego de hacerse) son sus poesías. G




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